sábado, 3 de diciembre de 2022

 16 AÑOS EN EL CLÓSET

Todo se remonta a una mañana del 2007 cuando me encontraba en el jardín de juegos del kínder, estaba jugando con mis amiguitos cuando de repente me percaté de que Aisha estaba dibujando sola en una mesita, me detuve a verla y sentí que quería ser su amiga. Me acerqué y le pregunté si podía dibujar con ella, a lo que ella asintió. Y así transcurrió el resto de mi estancia ahí, me emocionaba más pasar tiempo con ella que con el resto de mis amigos y quería que así fuera todo el tiempo.

A los 13 años me encontraba llorando en el baño de la secundaria porque se habían comenzado a esparcir rumores de que yo era bisexual. Ni siquiera tuve tiempo para preguntarme si eso era verdad, porque aquella suposición la hicieron en base a mi personalidad y aspecto diferente al de las demás chicas. En el fondo sólo me aterraba la idea al rechazo, que mis amigas se fueran a sentir incómodas al juntarse conmigo o que me llamaran por aquella palabra que tanto odiaba gracias a mi padre: “machorra”.

A los 15 años me enamoré de mi mejor amiga. Nunca lo quise aceptar, pasaba todas las noches rogándole a Dios que me quitara esos sentimientos, le preguntaba por qué no podía querer a mi novio de esa forma. La culpa me drenaba el alma todos los días.

Entonces un día regresé de la escuela enterándome que mi papá había echado de la casa a mi hermano, después de insistirle a mi madre que me explicara el asunto me dijo que sucedió porque papá descubrió que mi hermano era gay. Sentí un nudo en la garganta y un gran peso en el estómago. Entonces recordé todas las veces que este le había pegado a mi hermano por no tener actitudes “masculinas” y las burlas que había recibido a lo largo de su niñez. Conforme los días pasaban escuchaba una y otra vez los ataques y comentarios de mi padre hacia las personas homosexuales con mucha más intensidad que antes, hablaba con tanto odio que sentía como si supiera que yo también formaba parte de ellos. Y los flashbacks llegaron en llamarada, uno tras otro, todas las veces que mi abuelo rechazaba lo mismo, cuando los señalaba como pervertidos y “desviados”, los sermones del pastor sobre aquellos pecadores y la amenaza que señalaba serlo porque no importara cuán buena persona fuera, la homosexualidad era de los peores males del mundo y tenía un solo destino: el infierno.

Encontré refugio en el internet, cuando descubrí que no era la única que pasaba por eso, que también habían chicas cantando sobre chicas y que el que te gustara alguien de tu mismo sexo no era inmoral o antinatural. Gracias a esa apertura hoy en día entiendo más que nadie la importancia de la representación y la visibilidad de la comunidad, no me parece innecesario o forzado que cada vez hayan más parejas homosexuales en la televisión porque si yo hubiese visto algo así antes, tal vez aceptarme no hubiese sido tan tortuoso. 

Hoy en día casi toda mi familia sabe de mi orientación y es el alivio más grande el poder ser yo misma por donde sea, quiero lo mismo para las demás personas que vivieron lo que yo. 

¡El clóset es para la ropa, no para las personas!

 






Escrito por Paola Berzunza.

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