16 AÑOS EN EL CLÓSET
Todo se remonta a una mañana del
2007 cuando me encontraba en el jardín de juegos del kínder, estaba jugando con
mis amiguitos cuando de repente me percaté de que Aisha estaba dibujando sola
en una mesita, me detuve a verla y sentí que quería ser su amiga. Me acerqué y
le pregunté si podía dibujar con ella, a lo que ella asintió. Y así transcurrió
el resto de mi estancia ahí, me emocionaba más pasar tiempo con ella que con el
resto de mis amigos y quería que así fuera todo el tiempo.
A los 13 años me encontraba
llorando en el baño de la secundaria porque se habían comenzado a esparcir
rumores de que yo era bisexual. Ni siquiera tuve tiempo para preguntarme si eso
era verdad, porque aquella suposición la hicieron en base a mi personalidad y
aspecto diferente al de las demás chicas. En el fondo sólo me aterraba la idea
al rechazo, que mis amigas se fueran a sentir incómodas al juntarse conmigo o
que me llamaran por aquella palabra que tanto odiaba gracias a mi padre: “machorra”.
A los 15 años me enamoré de mi
mejor amiga. Nunca lo quise aceptar, pasaba todas las noches rogándole a Dios
que me quitara esos sentimientos, le preguntaba por qué no podía querer a mi novio
de esa forma. La culpa me drenaba el alma todos los días.
Entonces un día regresé de la
escuela enterándome que mi papá había echado de la casa a mi hermano, después
de insistirle a mi madre que me explicara el asunto me dijo que sucedió porque papá
descubrió que mi hermano era gay. Sentí un nudo en la garganta y un gran peso en
el estómago. Entonces recordé todas las veces que este le había pegado a mi
hermano por no tener actitudes “masculinas” y las burlas que había recibido a
lo largo de su niñez. Conforme los días pasaban escuchaba una y otra vez los ataques
y comentarios de mi padre hacia las personas homosexuales con mucha más
intensidad que antes, hablaba con tanto odio que sentía como si supiera que yo
también formaba parte de ellos. Y los flashbacks llegaron en llamarada, uno
tras otro, todas las veces que mi abuelo rechazaba lo mismo, cuando los
señalaba como pervertidos y “desviados”, los sermones del pastor sobre aquellos
pecadores y la amenaza que señalaba serlo porque no importara cuán buena
persona fuera, la homosexualidad era de los peores males del mundo y tenía un
solo destino: el infierno.
Encontré refugio en el internet,
cuando descubrí que no era la única que pasaba por eso, que también habían
chicas cantando sobre chicas y que el que te gustara alguien de tu mismo sexo
no era inmoral o antinatural. Gracias a esa apertura hoy en día entiendo más
que nadie la importancia de la representación y la visibilidad de la comunidad,
no me parece innecesario o forzado que cada vez hayan más parejas homosexuales
en la televisión porque si yo hubiese visto algo así antes, tal vez aceptarme
no hubiese sido tan tortuoso.
Hoy en día casi toda mi familia sabe de mi orientación y es el alivio más grande el poder ser yo misma por donde sea, quiero lo mismo para las demás personas que vivieron lo que yo.
¡El clóset es para la ropa, no para las personas!

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