DESDE LA SOMBRA DEL ALCOHOLISMO: MI
EXPERIENCIA
El alcohol es una sustancia que existe como cualquier otra, somos
nosotros quienes lo definimos de acuerdo al uso que le damos. Por lo tanto, no
podríamos “culpar al alcohol” de nuestras desgracias. Así que el alcoholismo
más que un mal, es un trastorno de consumo crónico, que en mi caso como en
muchos otros, vino a estar relacionado con mi depresión.
Comencé a beber por curiosidad desde los 14 años, pero no fue
hasta los 16 que mi consumó se disparó totalmente. Aún recuerdo la primera vez
que sentí estar completamente ebria, olvidé por horas todas mis preocupaciones,
mi personalidad tímida se fue como si jamás hubiese estado ahí, la comida me
supo más deliciosa, me reí y canté como no lo había hecho en años. Fue una
tarde de éxtasis, donde sin duda quedó marcado un antes y un después en mi
vida.
Me gustó tanto que ni siquiera esperaba los fines de semana,
tomaba mis horas libres para ir a un expendio que se encontraba a cinco cuadras
de mi prepa. Al principio convencía a mis amigos, luego sólo a uno que estaba
tan mal emocionalmente como yo. Habían días en los que ellos sólo querían pasar
un rato tranquilo o ir a jugar videojuegos, pero yo ya estaba tan clavada que
no me importaba su aprobación y siempre incluía la bebida en la ecuación. Esto
se fue de la mano con una gran decepción amorosa, problemas latentes de
violencia en mi casa y mi mal desempeño académico.
De lunes a viernes me la llegué a pasar en cualquier rincón de
la ciudad que no fuera mi casa o la escuela, iba de casa en casa de mis amigos,
en cantinas, en parques, en otros sitios peligrosos… cosa que me terminó
llevando al camino de las drogas. Si bien no llegué a la adicción, ciertamente
me encontré en el borde, y esto debido a que nuestro jefe (para el cual
cáptabamos gente para fiestas y les vendíamos sustancias) nos amenazó
seriamente con no hacerlo, cosa que hoy en día agradezco demasiado.
Mi madre a pesar de sus largas jornadas de trabajo y demás ocupaciones, se comenzó a dar cuenta. Entonces los pocos minutos que nos veíamos al día se tornaron en peleas y discusiones, donde realmente yo pensaba que ella exageraba y yo tenía la absoluta razón. Una vez, me llegó un mensaje de una de mis mejores amigas, explicando que ya no quería saber de mí porque no soportaba más verme haciéndome daño. Por supuesto que lo sentí, pero no iba a cambiar mi estilo de vida.
Finalmente un día llegó mi catarsis con el etanol; me bebí una botella completa de vodka en un solo momento. Tal vez el no tener recuerdos en absoluto y perder el control de mi memoria me hizo despabilarme, porque hasta la fecha sólo se lo que pasó por lo que me contaron. Lo que recuerdo es haberme despertado dos días después con un catéter en el brazo, confundida y tratando de encontrar mi celular para preguntar qué había sucedido.
Hasta la fecha puedo decir que lo que sé bien lo he aprendido a la mala. Pero definitivamente ni el hecho de alejar a mis amigos, hacerle daño a la gente que amaba, o de perder un año en la escuela me iban a hacer parar. Porque el alcohol me hacía sentir todo lo que me faltó durante mucho tiempo: el sentirme feliz, sin miedo, que podía hacerlo todo.
Por supuesto que necesité ayuda profesional para salir adelante, el último golpe fue que mi doctora me expuso el riesgo de seguir consumiendo alcohol junto con mi medicación en un episodio de depresión con pensamientos suicidas. Dejé de beber durante un año, y cuando volví a hacerlo comencé con precaución y moderación, cosa que me ha funcionado hasta el día de hoy. Antes solía criticar a la gente que padecía de esto, (mi padre y mi abuelo icluídos) hasta que lo viví en carne propia.
Escrito y redactado por Paola Berzunza.

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